Origen
Al principio la cosa era simple: algo de embutido para no beber en vacío. Comer… para seguir bebiendo.
Luego llegaron las calles llenas. El poteo en Araba, el txikiteo en Bizkaia. Y claro… alguien pensó que aquello pedía un poco más de juego. Aparecen las banderillas, las tortillas. Se come de pie, rápido, de bar en bar. El rosario, como decían los primeros parroquianos.
Un día alguien tuvo una idea brillante: la Gilda. Anchoa, aceituna y piparra. Y ya no hubo vuelta atrás.
A partir de ahí, cada barra empieza a hablar su propio idioma: ensaladillas, croquetas, txangurro… cada taberna, a su rollo.
Y entonces… se lía.
Años 70–80
La alta cocina baja a la calle. La tropa de Arzak y compañía mete técnica en la barra. Llegan los concursos. Los pintxos calientes. El “esto lo hago al momento”.
La cosa se pone sería. Bares de pintxos con barras vacías y cocina seria. Empiezan a aparecer autores de barra y tabernas de culto.
Años 2000
Más técnica, más espectáculo: esferificaciones, trampantojos, glaseados… Ojito.
Pero hay algo que nunca cambia: todo esta revolución sucede alrededor de la barra. Y siempre con un vaso en la mano.
Hoy el pintxo ha dado la vuelta al mundo.
Nace donde quiere y crece como le da la gana.
Como los perretxikos.
Nuestra obsesión como pintxocultores es clara: llevar el pintxo al último rincón del mundo
y defender que, pase lo que pase, se disfrute como debe ser: vaso en mano… y en barra.